21 de mayo de 2015

03

Paseo los dedos por las chinchetas, acariciando con ello los lugares que he marcado en el mapa. Pienso ir a todos lados y a la vez a ninguno. Pienso caminar, correr, saltar. No me importa tener la cartera vacía, para caminar no es necesario nada aparte del ánimo y la fe. Ah, y una botella de whisky, de ése al que le pegas un trago y te arrepientes en el acto.

He marcado, sobre todo, pueblos. El encanto de los pueblos no tiene nada que hacer contra el bullicio de las ciudades. Quiero recorrerlo todo, quiero ir despacio y no perderme nada. Quiero tropezar con todas las piedras que me entorpezcan los pasos.

Lo cierto es que me da miedo emprender este viaje sola, pero sé que es lo mejor, que es lo que necesito. Cuando te sientes perdida, la solución es aprenderse los caminos. Comienzo a quitar las chinchetas, despegándolas del mapa y dejando al aire los pequeños agujeritos que éstas le han hecho. Al final, el mapa que antes había quedado pegado a la pared gracias a la sujección de las chinchetas, cae. Entonces me doy cuenta de algo asombroso. En la pared he dejado marcado el recorrido con pequeños boquetes que forman una constelación muy singular. Los recorro con las yemas de los dedos, sintiendo en la piel el tacto de la rugosa pared. Este es el primer paso.






9 de mayo de 2015

02

Tus pestañas apuntan al techo, como si quisieran dirigirse al cielo. Pareces tan tranquilo así, dormido. Me gustaría delinear con un dedo la curva que forma tu nariz, pero temo que mi caricia te pueda despertar. «¿En qué piensas? ¿Qué estarás soñando?», me pregunto. A lo mejor estás teniendo un sueño increíble o, a lo mejor, estás teniendo la peor pesadilla de tu vida. No creo que estés teniendo una pesadilla, tu gesto está apacible. No obstante, sueles ser tan poco expresivo que puede que sí que estés sufriendo por dentro. ¿Debo despertarte sólo por mi mal presentimiento? Decido finalmente pasar mis dedos por la pálida piel de tu mejilla, delineo despacio la orografía de tu rostro. Podría hacer un mapa de ti, podría dibujar de memoria cada recoveco de tu piel. Podría no irme, no dejarte aquí solo, pero ya he hecho la maleta. 


¿Cómo hemos podido perdernos cuando fuimos tan grandes el uno para el otro? No es que te hayas equivocado, ni que me haya equivocado yo. Simplemente, yo no soy la misma. Sonrío, dejando al fin el beso triste de la despedida en tu frente. Lo siento, pero a cada esclavo le corresponde buscar su propia libertad, y tú no eres la mía. 



Adiós, me dispongo a buscar un futuro que se convierta en presente, donde -para mi suerte o desgracia- viviré el resto de mi vida.






7 de mayo de 2015

01

«Quiero volver», pienso. Y entonces una duda me asalta: «¿A dónde quiero volver?».
Hay tantos lugares a los que se podrían regresar. Podría regresar a la casa en la que vivía de pequeña, podría volver al pueblo en el que solía veranear o a la playa a la que fui hace dos años con mis amigos. Pero no. No es eso lo que quiero.

«Quiero volver», pienso de nuevo. Sin embargo, ahora sé que, en realidad, no quiero ir a ningún lado. Sólo... Sólo quiero volver. Es tan simple y sencillo como eso. La pregunta que tengo entonces es «¿Cómo puedo volver?».

La respuesta viene sola, arrasa como un huracán y se lleva, volando, todas las esperanzas que realmente nunca he albergado. No se puede regresar a lo que ya no existe nada más que en el recuerdo. No existen billetes de tren cuyo destino sea el pasado. Ya no existe. El pasado ya no está, sin siquiera tener la decencia de dejar una nota de despedida, se ha largado. Eso me lleva a pensar en cuánto tiempo perdí contigo, en si realmente valoraste en algún momento que yo te dedicara lo más preciado que poseo: mi tiempo. Nadie valora el tiempo hasta que se agota... Al igual que nadie ha sabido valorarme hasta que me ha perdido. Puede, incluso, que ni siquiera yo misma haya sabido hacerlo. Sabiéndome, por tanto, perdida, entiendo porqué quiero volver. Todo el que se ha perdido anhela regresar, encontrarse. Y yo sigo esperando el tren, un tren que nunca va a pasar.